miedo - lola casals coaching

Aproximadamente el 95% del cerebro es lo que llamamos inconsciente y el 5% restante es el consciente. Es curioso que vivimos la vida y el miedo pensando que la realidad es tal como la percibimos y que lo controlamos casi todo. Esto precisamente es lo que nos acaba confundiendo y creando conflictos. Justo lo que se nos escapa del control porque no sabemos o no lo podemos manejar es lo que nos da miedo, nos estresa, y nos hace sufrir. Evidentemente nos puede llegar a limitar o bloquear a la hora de emprender acciones, o hacernos decidir precipitadamente. Por lo tanto, el miedo nos condiciona la manera con que nos enfrentamos a determinadas situaciones.

El cerebro “automático” (el inconsciente) es quien vela por nuestra supervivencia a cada instante. Esta parte del cerebro funciona como un superordenador muy potente que hace complejas operaciones y procesa millones de impulsos nerviosos. Recibe la información interna del cuerpo, la información externa que viene de los sentidos y también la que viene del pensamiento. Constantemente graba, procesa, reproduce, programa, y ​​ejecuta órdenes a velocidades muy elevadas. ¡Pero no juzga, es un ordenador! Para mantenernos vivos, además de regular las funciones vitales y la eficiencia energética interna del cuerpo, debe vigilar por nuestra seguridad respecto al entorno.

¿Qué es el miedo, de dónde viene? El miedo es una emoción primaria (como la ira, la alegría, la tristeza, el asco o la sorpresa) que surge de forma automática ante determinados acontecimientos que nos alteran. Y cada una tiene su función para hacernos accionar de una manera determinada. El miedo en concreto, es una señal de alerta, y se activa por la percepción de daño físico o psíquico. Nos anticipa una amenaza o peligro inminente. Su causa puede ser cualquier estímulo que la persona considere amenazante, o la ausencia de lo que le proporciona seguridad. Para protegernos y solucionarlo, el cerebro activa de forma automática cambios orgánicos (fisiológicos y endocrinos) para predisponernos a huir, o según como defendernos. Es así como también funcionan los animales en la naturaleza o como lo hacían los hombres de las cavernas, ante un depredador. ¡Es pura Biología!

Biológicamente nosotros funcionamos igual, tanto ante situaciones reales de peligro que provienen del entorno, como ante circunstancias concretas que nos asustan, estresan, y desestabilizan emocionalmente. Tanto si estamos en peligro real o no, nuestro cerebro activa los mismos cambios orgánicos. Entonces, el problema está en cómo cada uno percibimos y vivimos una determinada situación. Esta percepción subjetiva la hemos ido construyendo con todo lo que hemos aprendido y experimentado a lo largo de nuestra vida, incluso de lo que ha sucedido en el embarazo y el parto, más la información familiar que heredamos a nivel genético.

Si no solucionamos el conflicto que nos genera el miedo o el estrés negativo, y se va repitiendo o persiste, deja de ser una emoción puntual natural y se convierte en un estado de ánimo o a veces en un estrés permanente. Entonces es cuando nos desvalorizamos, nos bloqueamos, podemos enfermar o incluso adoptar inconscientemente conductas que nos perjudican a nosotros mismos o a los demás.

Lo primero es tomar conciencia de lo que falla, observar cuando nos pasa, desde cuándo, y ante qué situaciones concretas. A menudo, no sabemos ni qué es exactamente, o sí pero no lo sabemos cambiar ni resolver, porque funcionamos con los mismos circuitos o programas automáticos de siempre.

Entonces, hay que hacer un trabajo personal para crear un cambio de percepción, de creencia, y un nuevo patrón de pensamiento y conducta. Se trata de desaprender el patrón que nos limita para reaprender uno positivo que nos potencie y que perdure. Y esto es posible porque el cerebro es plástico, no rígido, tiene la capacidad de crear nuevas neuronas y nuevos circuitos neuronales, nuevos programas.

Hoy en día existen varias metodologías muy buenas que nos pueden ayudar a hacer estos cambios, y están al alcance de todos. Os animo a buscar un acompañamiento profesional si es necesario. No vale la pena sufrir ni seguir esperando para dar un paso adelante.

Artículo publicado en catalán en la revista Gidona de mayo 2017.

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